jueves, septiembre 21

Techné


Detenerse en demasía en la técnica, una concentración excesiva en lo mecánico, no hace más que “destecnificar” la tarea en cuestión, con la consiguiente pérdida de la esencia del asunto, de la intensa experiencia que conlleva la materia, infravalorando así el corazón de la alcachofa. Inmediato supuesto personal este. Y es que, si una tentación creativa de naturaleza literaria ocupa durante unos instantes mi mente, se desvanece con su habitual celeridad debido a la impetuosa preocupación de qué plataforma servirá de soporte a mi silenciosa voz... Técnica, técnica, técnica. Una virtud para interpretar golosamente lo creado, pero tremenda maldición supurativa si es generar el objetivo

domingo, marzo 4

Don de la plática.

La acción de articular, proferir y discursear palabras para comunicarse amplía sus posibilidades los sextos días de las terceras semanas de todos los meses del año. Solamente los citados sábados la pronunciación de un discurso o tratado pasa a la voz de aquel elemento merecedor del don de la plática. Recuerdo que el año pasado, en ese típico sábado en el que deseas quedarte en tu jardín para numerar todas las hojas de cada una de las flores que compone tu parterre, acompañado solamente por un cuaderno de notas y un estuche, conversé con un rasgado y deslucido bolígrafo BIC azul, quien me utilizó para sosegar su frustración basada en el conocimiento de su efímera existencia comparada con sus restantes tres hermanos, BIC negro, BIC rojo y BIC verde. Me preguntó por qué siempre era él el primero en gastarse y me manifestó a tinta suelta su deseo de ser libre y escribir lo que él desease, sin someterse a ninguna muñeca apática e insulsa. No supe darle una respuesta demasiado satisfactoria, pero le regalé una rosa amarilla. Normalmente, sobre el mes de julio o agosto, mantengo una escueta cháchara con el abrigo negro con mangas marrones de piel sintética, al cual intento tranquilizar pues se siente marginado en el fondo del mugriento armario por no poder formar parte del jolgorio del que disfruta el traje de baño con sus compañeras inseparables la toalla, chanclas y demás prendas ligadas al sofocante sol del tórrido verano. Siempre le juro que le sacaré sobre mediados de otoño, y cumplo mi promesa. El mes pasado mantuve un coloquio con una colilla en ascuas, el cual me informó que había pertenecido a un fugaz canuto. Rememoro que su única afición era arder y brillar fuera de ese angosto y alargado medio de papel para terminar en los juegos Olímpicos y ser parte de las cenizas que originan el fuego que da inicio a tales juegos, aquellos que en su origen eran fiestas religiosas, culturales y, obviamente, deportivas en honor a los dioses panhelénicos. Ayer mismamente conocí a una minovaca pastando sobre hierba morada. Básicamente estas son unos caracoles gigantes de color verde oscuro, con preciosas conchas doradas y verdes sobre el lomo; pero en lugar de cuernos de caracol tienen la cabecita gorda de una ternera recién nacida, con dos cuernecitos color ámbar y una cascada de pelos rizados cayendo entre ellos. Me miró y solamente me recitó: -Anhelo ser aquello que posee mil colores tan brillantes que el cielo se alegra al instante-. Inmediatamente me percaté de que aquella minovaca estaba condenada de por vida pues nunca podría ser un arco iris.  

Y es que nadie desea terminar como ella.

Esta es la morada, mugrienta de negro pus, de la Envidia; está la casa de ésta oculta en el hondón de un valle, privada de sol, inaccesible a los vientos, lúgubre y toda invadida por un frío que entumece, y, aunque falta siempre de fuego, está sobrada perpetuamente de bruma. Es innegable que existen sentimientos que pueden llegar a destruir la estructura y configuración de la idiosincrasia más intrínseca e íntima, que valga la redundancia, de la personalidad humana. Existen ocasiones en los que esas emociones asoman su esencia a la realidad y condicionan la existencia de la víctima al que damnifican. Esas peligrosas emociones pueden ser tanto las consideradas honorables y respetables (el cariño, el amor, la sinceridad o la misericordia) como las bautizadas como pecados o aberraciones, tales como la envidia, la rabia, la corrosión, la irritación, el furor o el mismísimo dolor. Las fronteras que delimitan cada espacio en donde actúa cada mencionado sentimiento de una forma inalienable, paulatinamente se irán combinando y entrelazando cuando el sujeto en cuestión, es decir, el responsable de la creación y progreso de dichas alteraciones emocionales, se convierta en más mayor (y no por ello más maduro), confundiendo así la jurisdicción, competencia y potestad de cada uno de dichos límites. Dentro está la Envidia devorando carnes de víbora, alimento de su inquina; la palidez se asienta en su rostro, en todo su cuerpo la demacración, la mirada nunca recta, sus dientes amarillentos por el sarro, su pecho verde de hiel, su lengua empapada en veneno. En consecuencia, esa correlación y conjunción de fronteras emocionales, como cuando el mundo de los difuntos se mezcla con el de los vivos, puede ser la causa de una serie de equivocaciones y turbaciones patentes en la vida mundana: el apego se puede confundir con la obsesión, el amor con el respeto, el odio con el puro cariño, la rabia con la envidia, el dolor con todos los demás, etc. Por esa misma razón, uno ha de tener precaución a la hora de manifestar ese único o conjunto de sentimientos que serán reflejo de la calidad de vida y pensamiento del sujeto o sometido, que al mismo tiempo, debe evitar crear juicios prematuros respecto a las situaciones que intentará dictaminar mediante sus más profundos y complejos pensamientos. No hay sonrisa, salvo la que provoca la contemplación del dolor ajeno; ni goza del sueño, despierta siempre por desvelados afanes; ve tales daños con agrado, y mientras los ve se retuerce de gozo; se consume al ver los éxitos del hombre, y así es ella su propio suplicio. Y es que, nadie desea terminar como la Envidia. 

jueves, enero 19

Dudas dogmáticas.

¿Quién cree en los diamantes en bruto? ¿En las bombas de afecto? ¿Explosiones de benevolencia? ¿En las lágrimas de procedencia divina? ¿En las alas de libertinaje y descontrol? ¿Quién desea poder? ¿Anhela fuerza? ¿Quién ostenta los cetros de mando? ¿Quién ambiciona dominio y preponderancia? ¿Quién tiene la potestad de la coordinación y estrategia? ¿Alcance de la sensualidad? ¿Permiso de señoría y elegancia? ¿Quién ansia sexo y locura? ¿Desdén y odio? ¿Quién exige fidelidad? ¿Reparto de manipulación? ¿Matanza, desgarro, oscuridad? ¿Respeto y adoración? ¿Cortesía y protocolos? ¿Atención y correspondencia? ¿Soledad? ¿Perversión? ¿Bacanales de letras y números? ¿Dolor, tentación, pecados? ¿Veracidad o engaño? ¿Caridad o robo? ¿Dinero? ¿Quién piensa en las dicotomías? ¿En las interpretaciones de hagiografías y apócrifos? ¿Quién sabe pensar? ¿Quién se ha adentrado en un agujero sin color? ¿Quién ha asido una piedra sin arrojarla? ¿Unos labios sin besar? ¿Una daga sin clavar? ¿Un desierto sin regar? ¿Quién ha servido a la trinidad soberana? ¿Emoción, sentimiento, conciencia? ¿Quién la obedece? ¿Quién la comprende? ¿Alguien sabe vivir? ¿Se trata de supervivencia? ¿Estar por estar? 

sábado, diciembre 17

Obsequios de gratitud

17 de diciembre del 2011
Estimado/a tú,

Supongo que te estarás preguntando cuál es la principal razón del obsequio que sostienes entre tus manos. Quizá pienses que es una mera correspondencia de las dos maravillosas obras de arte que me regalaste hace un breve tiempo, o quizá una dádiva del afamado Olentzero (o Papá Noel) que ha portado en su saco, el cual ha decidido entregarte su regalo antes de tiempo. Sin embargo, debo decirte que esta ofrenda es más transcendental, vuela mucho más allá y a velocidades infinitas. 
Este pequeño detalle, desde el papel multicolor que lo cubre hasta la última gota de tinta que lo confiere, es el resultado del cariño, afecto, amor, amistad, dilección, inclinación, apego, proclividad, predilección y otros mil términos similares que expresan la querencia que siento hacia ti, por tu especial y brillante personalidad. Esta es una leve muestra de todos los momentos que he podido gozar a tu lado, de todo lo que he podido aprender contigo, por todas aquellas ideas que he tenido oportunidad de crear y desarrollar junto a ti, las cuales nunca has reprochado ni juzgado, sino que has aceptado e intentado comprender. 
Debemos reconocer que han sido tiempos complicados, momentos arduos y engorrosos que los hemos ido afrontando poco a poco, paso a paso, zancada a zancada. Y, sin embargo, aunque todavía queda bastante por recorrer en este laborioso, y al mismo tiempo, agraciado recorrido, llegará un punto en el que daremos saltos tan altos que seremos capaces de cruzar pueblos, ciudades (Viena y Praga inclusive), países, islas, continente y hasta océanos, con el requisito de permanecer siempre juntos, única licencia existente que tendremos que mantener para realizar tal gratificante travesía. 
Navidad para muchos es sinónimo de disfrute, dicha, amor y voluptuosidad, y es lícito decir que no van nada mal encaminados, pero pienso que ese goce, ese tono elevado de gratitud que se siente y percibe en estas fechas tan señaladas, se deben considerar asimismo en el resto de los días del año. De modo que, aunque estemos situados en este tiempo y espacio, ten presente que tanto en el asfixiante y agobiante calor del árido desierto de Sahara como en los gélidos casquetes polares del polar ártico, no dudaría en obsequiarte con un grandioso abrazo, un sabroso beso, una deliciosa sonrisa o una simple pero efectiva frase, compuesta por un único verbo y un pronombre en segunda persona, dedicada exclusivamente a ti, grafema a grafema, las cuales anhelo que duren perpetuamente en nuestra propia historia: Te quiero. 

Con  abundante cariño,
Yo

domingo, noviembre 6

La intrépida

Se trata de una mujer corriente: en los pantalones se le forman rodilleras, lee historietas y revistas, hace un ligero ruido cuando fuma, duerme la siesta cuando se lo puede permitir, se limpia los dientes tres veces al día, cambia a otro canal cuando emiten anuncios en la televisión, miente cautelosamente cuando es necesario, se emociona en los atardeceres, se enamora del sabor de las frutas silvestres, saluda con la cabeza al encontrarse con un conocido. Empero, le caracteriza una singularidad presumible: es mi madre, mi omnipresente camarada, la mujer más atrevida y valiente del orbe; la que me ha sentido y visto nacer, la que me ha cogido en brazos y la que ha evaporado y desecado mis lágrimas, lloros y lamentos mientras me consolaba y me suministraba el mejor e imperecedero medicamento que existe en la faz de la Vía Láctea: el cariño y el amor. He dependido de ella cuando me sentía triste, cuando todo creía derrumbarse y reducirse a dañinos y peligrosos escombros. Mi amiga y superiora, la que en esas precarias situaciones ha conseguido devolverme la fe, la tranquilidad y estabilidad necesarias en la felicidad. ¿Quién dijo miedo?