lunes, noviembre 29

Estafas

Timo... Engaño... Fraude... Corrupción… Robo... Palabras y términos probablemente relacionados con la sociedad actual. Esta mañana, el programa “Espejo Público” dirigido por Susana Griso en Antena 3 exponía el tema de las corrupciones inmobiliarias. Alrededor de treinta personas han perdido en torno a los 24.ooo y 31.ooo euros al invertir en una supuesta vivienda de protección oficial. 

Las víctimas acusaban al gerente de la obra por descarriar ese dinero a otros fines que hoy por hoy se desconocen. Para contraatacar, este hombre ha colgado en la red un video en el cual se exculpaba de todo el fraude explicando que él no era el responsable de ese problema sino que los políticos en los que él confiaba. 
Lo que quería destacar en este artículo era la facilidad de “echar balones afuera”. En otras palabras, el hábito e instinto asimilado del ser humano por eximir la culpa y la responsabilidad. Antes de todo, habría que recordar el significado de este último término, ya que últimamente ha perdido gran parte de su valor significativo. La responsabilidad, a grandes rasgos, es una forma de ser considerado sujeto de una deuda u obligación como la virtud de ser la causa de los propios actos; es decir, responsable es aquel que conscientemente es la causa directa o indirecta de un hecho y que, por lo tanto, es imputable por las consecuencias de ese hecho. 
Pues bien, este “señor” no admitía su responsabilidad al defraudar a esas personas que invirtieron todo su capital en una humilde casa donde poder desarrollar su futuro de una manera normal, como todos los restantes ciudadanos corrientes. Sin embargo, y en voz de las víctimas, este individuo ha construido recientemente una piscina climatizada en su vivienda. ¡Qué lujo señores!
Como todos pensaremos, la justicia tendría que hacer su efecto es esta coyuntura corruptiva. No obstante, esa organización abstracta que tiene como fin resolver y solucionar las contrariedades y conflictos sociales, está latente cual virus que se mantiene subyacente en un organismo completamente infectado. Y es que la corrupción o el mal uso público del poder gubernamental para conseguir una ventaja ilegítima generalmente secreta y privada se está convirtiendo, desgraciadamente, en una realidad mundial. No es justo que esas personas sufran y padezcan el dolor y el malestar que producen estas situaciones. En consecuencia, la corrupción terminará rompiendo el tegumento social pues disminuye la confianza de los ciudadanos en el gobierno, instituciones, asociaciones, prácticas sociales o en la comunidad en si. Resumiendo, la vorágine del caos. 

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