domingo, marzo 13

Me encanta correr sobre el césped.


¿Sabéis? Hoy he jugado como lo hacía en mi niñez: mientras andaba sobre el vasto prado intentaba no pisar ninguna flor, cual diminuta que fuese, saltando de un lado a otro imitando a una gacela cabría. De ese modo tan divertido aseguraba la existencia de aquellas vidas durante unas horas más. Sin embargo, no podía hacer lo mismo con cada brizna de hierba. Constantemente las tenía que aplastar con mis zapatillas para alcanzar mi adorable objetivo. Esto me creaba una gran pesadumbre y amargura preguntándome porqué esas hierbas tenían que perecer para salvar otras de su misma especie. No me parecía justo. Ahora menos. ¿La moraleja de mi aventura? Alguien tiene que caer para que otro pueda seguir. 

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