martes, abril 19

Hay alguien en casa que no ha pedido permiso para entrar. Estoy sentado en la mesa del ordenador y no paro de escuchar ruidos extraños en la habitación contigua, en mi habitación. Una cacofonía constante, como si estuviesen removiendo alguna bolsa de plástico en un afán de encontrar algún tesoro escondido. Estoy aquí escribiendo mientras ese estrepitoso ruido “in crescendo” continua. No me atrevo a levantar. Solamente el brillo de la pantalla del ordenador refleja mi cara asustada. Dios mío. El ruido sigue y sigue, sin tregua alguna. Acabo de escuchar cómo abren la puerta de mi armario la cual realiza un ruido estridente por la oxidación del hierro. Mis pies están quietos, inmóviles, paralizados. Solamente mis manos trabajan al escribir como si fuesen el último soplo de aliento de mi corazón. El armario se cierra. Ha cesado el ruido. La puerta de la habitación invadida comienza a abrirse. Poco a poco. Centímetro a centímetro. Mientras noto que esa persona comienza a andar por el corto pasillo para llegar a la sala, aso mi móvil e intento marcar un número de teléfono. Mierda. No se me ocurre cuál. El de emergencias. El de mis padres. Marco alguno. Primer tono de llamada. Los pasos cesan. Me ve. Sé que me está viendo. Siento sus ojos clavados en mí. Siento cómo el brillo del ordenador le permite adentrarse a través de mi rostro para oler mi terror. Segundo tono de llamada. Continua viéndome. Respira profundamente por la nariz. Creo ver una mano. Tercer tono de llamada. Esa mano sostiene algo. De nuevo el ruido del plástico. El ruido es mucho más cercano que antes. Cuarto tono de llamada. Aumento el brillo de la pantalla del ordenador. Puedo entrever sus oscuros ojos. Tiene una bolsa de plástico. Consigue sacar un objeto de ella. Más ruido sintético. No consigo ver lo que es. Quinto tono de llamada. “Buzón Orange. Este teléfono no se encuentra disponible en estos momentos...”. Algo me apunta. Algo espantoso que ha estado escondido en mi habitación está apuntándome. Ya le he reconocido. “Hola soledad” le presento. La soledad me ha matado con el arma que siempre había escondido en el fondo de mi armario. Un rifle llamado miedo. 

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