sábado, julio 2

Proscritos.

Nos sentamos en un ribazo herboso, a la penumbra. Le miré, jadeaba tumbado boca arriba, con las mejillas arreboladas y una sonrisa pícara en el rostro. Se le había abierto el cuello de la túnica, dejando al descubierto la garganta con su mediana nuez y su pecho dotado de un ligero vello. De pronto sentí de nuevo la necesidad de contemplar su desnudez. Me incliné, mirarle ya era un verdadero placer, desmelenarle. Las palabras que salieron de mi boca me cogieron por sorpresa: “¿Quieres ser mi hombre?” 

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