domingo, octubre 2

Los detalles también cuentan.

Ojos negros, corales párpados, amarillos labios, pómulos verdes, rosas mejillas, bandas azules estampadas con franjas multicolores. Decido que la nariz debe ser morada mientras que las cejas las tiño de un brillante dorado. Frunzo el ceño. Cada arruga descubierta es coloreada de un abanico de colores formado por un pardo marrón, un naranja pálido, un blanco roto y un caqui pastel. No sería correcto olvidarse del verde escarlata y del violeta añil de la barbilla, colores causantes de la curiosa y novedosa pigmentación del vello de ese rincón facial. Amplío mis dotes de pintor a las orejas, las cuales son decoradas con un arsénico gris azulado y un apagado beige. El resultado de los colores impacta a mi visión. Para dar como finalizada mi inquietud decido colorear de un blanco nieve mis pestañas. Salgo de casa con mi arpa de marfil color piel en mano. Sentado en un puntiagudo e incómodo diamante granate me asiento para inaugurar mi concierto. Visto guantes de múltiples tonalidades tales como el salmón, el amaranto, matices de un amarillo limón y de un bronce antiguo y roñoso. Los tintes almendra, lavanda, fucsia ambrosía, marrón ocre, negro carbón y gris ceniza también están presentes en mi lúcida, morbosa y provocativa vestimenta ceñida, rematada con botas de ante hueso, singulares por sus cuerdas de cuero color hígado. Mi música adapta una gama completa policromática para complacer y alegrar las insípidas vidas de sus receptores sin marginar el blanco magnolia, el verde aguamarina y el marrón siena en su espectro. Robo una moderna bicicleta y me despido todavía arpa en mano.

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