domingo, marzo 25

Arte y erotismo y viceversa


Los hallazgos históricos que se han llevado a cabo en los tres últimos siglos han sido de cuantiosa utilidad para la comprensión, todavía parcial, de las culturas que componían las sociedades y civilizaciones del período histórico más alejado al tiempo presente: la Antigüedad. En esa búsqueda, movida por el perpetuo deseo del avaro indagador, se han encontrado diversos objetos que, por su simbología y forma, distan de los tradicionales convencionalismos que se la han atribuido a las civilizaciones pretéritas; y es que, estos especialistas en hallar reliquias casi descompuestas y extraviadas, han empezado a tropezar, cada vez con más frecuencia, con numerosas piezas que, en vez de representar sutiles e ingenuas connotaciones, aluden a una rotunda, tajante y evidente sexualidad. Gracias a estos descubrimientos, se ha podido saber que desde los orígenes de la Humanidad, el sexo, en sus diversas manifestaciones, ha sido consustancial con la vida de hombres y mujeres.

Los pueblos antiguos, entre ellos los babilonios, egipcios, fenicios, persas, griegos, etruscos y romanos, ya adoraban los objetos y las formas que más impresionaban a sus sentidos, a saber, la idolatría por las energías sexuales. En consecuencia, las diversas creencias religiosas que profesaban estaban repletas de símbolos y ritos relacionados con todas las pasiones y vicios del hombre. En esta tesitura, fue el atributo viril el elemento más simbólico y expresivo de todos ellos, de tal modo que recibió la más numerosa y profunda adoración, además de convertirse en la divinidad protectora de diversos ámbitos de las lides del amor.

El falo ha sido siempre un emblema o amuleto protector, pues ya las mujeres estériles se colgaban del cuello pequeños atributos viriles de bronce o de piedra, esperando resolver su infecundidad. Asimismo, en la mitología clásica también estaban presenten tales manifestaciones sexuales, donde, por poner un ejemplo, frecuentes eran las fiestas que se celebraban en honor a Príapo, dios menor al que se veneraba mediante grandes estatuas paralelepípedas rematadas por una cabeza y provisto de un miembro viril a menudo en erección. Los faunos, los sátiros y algún que otro dios eran igualmente representados en sus imágenes prototípicas como personajes relacionados con orgías y fiestas báquicas, en donde el lesbianismo y el “eros” entre los hombres incluso era perceptible.

El primer engaño en el que nos podrían hacer caer estas antiguas imágenes es el de creer que son el resultado de una visión desinhibida y lúdica de la práctica sexual. En un mundo donde cada día se podían contemplar los brillantes cuerpos desnudos de los muchachos en la palestra, donde un hombre podía disfrutar de una mujer o de un adolescente con el consentimiento social, donde se vendían vasos de perfume con forma de falo, o copas de vino con estimulantes escenas eróticas, podríamos considerar que se disfrutaba del sexo de una manera libre y espontánea, sin miedo y sin pudor. Empero, estas representaciones carecían de todo sentido obsceno y eran fundamentalmente relacionadas con el vigor fecundante. En este sentido, se han conservado diversas estatuas y pinturas murales en las que se representaban a dioses dotados de un falo descomunal, cuya colocación en la entrada de las casas, o vinculadas a jardines y huertos, protegían tanto a los moradores de las viviendas de espíritus nocivos, como a los cultivos alejando a visitas malintencionadas y a todo tipo de alimañas.

En definitiva, este tipo de obras resultan para nosotros inesperadas y la existencia de estas evidencias permite plantear la pregunta de por qué la representación de la sexualidad está tan vetada en la sociedad contemporánea. Aunque bien es verdad que parte de su significado haya derivado a la lujuria y a lo relativamente rijoso, el sexo es una práctica común que bien su manifestación meramente artística tendría que ser espontánea y totalmente desenvuelta. El falo todavía sigue siendo venerada en algunas culturas actuales (Limgan en India, Nepal, China, Japón) y múltiples escultores han provocado (y siguen haciéndolo) a las masas engendrando obras que evocan la esencia de la carnalidad, tal y como nuestro conocido escultor Constantin Brancusi hizo con su obra “Princess X” (actualmente expuesta en el Museo Guggenheim Bilbao), la cual muestra una forma fálica, que, para no ser censurada, Brancusi afirmó que se inspiró en las formas redondeadas y curvas de un cuerpo femenino. 

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