domingo, marzo 4

Don de la plática.

La acción de articular, proferir y discursear palabras para comunicarse amplía sus posibilidades los sextos días de las terceras semanas de todos los meses del año. Solamente los citados sábados la pronunciación de un discurso o tratado pasa a la voz de aquel elemento merecedor del don de la plática. Recuerdo que el año pasado, en ese típico sábado en el que deseas quedarte en tu jardín para numerar todas las hojas de cada una de las flores que compone tu parterre, acompañado solamente por un cuaderno de notas y un estuche, conversé con un rasgado y deslucido bolígrafo BIC azul, quien me utilizó para sosegar su frustración basada en el conocimiento de su efímera existencia comparada con sus restantes tres hermanos, BIC negro, BIC rojo y BIC verde. Me preguntó por qué siempre era él el primero en gastarse y me manifestó a tinta suelta su deseo de ser libre y escribir lo que él desease, sin someterse a ninguna muñeca apática e insulsa. No supe darle una respuesta demasiado satisfactoria, pero le regalé una rosa amarilla. Normalmente, sobre el mes de julio o agosto, mantengo una escueta cháchara con el abrigo negro con mangas marrones de piel sintética, al cual intento tranquilizar pues se siente marginado en el fondo del mugriento armario por no poder formar parte del jolgorio del que disfruta el traje de baño con sus compañeras inseparables la toalla, chanclas y demás prendas ligadas al sofocante sol del tórrido verano. Siempre le juro que le sacaré sobre mediados de otoño, y cumplo mi promesa. El mes pasado mantuve un coloquio con una colilla en ascuas, el cual me informó que había pertenecido a un fugaz canuto. Rememoro que su única afición era arder y brillar fuera de ese angosto y alargado medio de papel para terminar en los juegos Olímpicos y ser parte de las cenizas que originan el fuego que da inicio a tales juegos, aquellos que en su origen eran fiestas religiosas, culturales y, obviamente, deportivas en honor a los dioses panhelénicos. Ayer mismamente conocí a una minovaca pastando sobre hierba morada. Básicamente estas son unos caracoles gigantes de color verde oscuro, con preciosas conchas doradas y verdes sobre el lomo; pero en lugar de cuernos de caracol tienen la cabecita gorda de una ternera recién nacida, con dos cuernecitos color ámbar y una cascada de pelos rizados cayendo entre ellos. Me miró y solamente me recitó: -Anhelo ser aquello que posee mil colores tan brillantes que el cielo se alegra al instante-. Inmediatamente me percaté de que aquella minovaca estaba condenada de por vida pues nunca podría ser un arco iris.  

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