domingo, marzo 4

Y es que nadie desea terminar como ella.

Esta es la morada, mugrienta de negro pus, de la Envidia; está la casa de ésta oculta en el hondón de un valle, privada de sol, inaccesible a los vientos, lúgubre y toda invadida por un frío que entumece, y, aunque falta siempre de fuego, está sobrada perpetuamente de bruma. Es innegable que existen sentimientos que pueden llegar a destruir la estructura y configuración de la idiosincrasia más intrínseca e íntima, que valga la redundancia, de la personalidad humana. Existen ocasiones en los que esas emociones asoman su esencia a la realidad y condicionan la existencia de la víctima al que damnifican. Esas peligrosas emociones pueden ser tanto las consideradas honorables y respetables (el cariño, el amor, la sinceridad o la misericordia) como las bautizadas como pecados o aberraciones, tales como la envidia, la rabia, la corrosión, la irritación, el furor o el mismísimo dolor. Las fronteras que delimitan cada espacio en donde actúa cada mencionado sentimiento de una forma inalienable, paulatinamente se irán combinando y entrelazando cuando el sujeto en cuestión, es decir, el responsable de la creación y progreso de dichas alteraciones emocionales, se convierta en más mayor (y no por ello más maduro), confundiendo así la jurisdicción, competencia y potestad de cada uno de dichos límites. Dentro está la Envidia devorando carnes de víbora, alimento de su inquina; la palidez se asienta en su rostro, en todo su cuerpo la demacración, la mirada nunca recta, sus dientes amarillentos por el sarro, su pecho verde de hiel, su lengua empapada en veneno. En consecuencia, esa correlación y conjunción de fronteras emocionales, como cuando el mundo de los difuntos se mezcla con el de los vivos, puede ser la causa de una serie de equivocaciones y turbaciones patentes en la vida mundana: el apego se puede confundir con la obsesión, el amor con el respeto, el odio con el puro cariño, la rabia con la envidia, el dolor con todos los demás, etc. Por esa misma razón, uno ha de tener precaución a la hora de manifestar ese único o conjunto de sentimientos que serán reflejo de la calidad de vida y pensamiento del sujeto o sometido, que al mismo tiempo, debe evitar crear juicios prematuros respecto a las situaciones que intentará dictaminar mediante sus más profundos y complejos pensamientos. No hay sonrisa, salvo la que provoca la contemplación del dolor ajeno; ni goza del sueño, despierta siempre por desvelados afanes; ve tales daños con agrado, y mientras los ve se retuerce de gozo; se consume al ver los éxitos del hombre, y así es ella su propio suplicio. Y es que, nadie desea terminar como la Envidia. 

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